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Eran las cinco y media de la mañana y me acababa de llegar tu último mensaje al celular. Sonó el teléfono, pero era otra cosa. Él había muerto.
Cuando era de día llegamos al hospital con su ropa, para poder vestirlo...llegamos a la morgue y luego subí. No era capaz. Ahí fue cuando llegaba la última hermana que él tenia viva. Lloraba y tiritaba. La abracé. Me abrazó...le di un beso y lloré con ella.
Eran las doce del día y por fin llegábamos al velatorio. Yo todavía no lo creía. Mi familia tampoco. Hasta que lo vi. Y se me acabó la angustia. Aún quedaba la tristeza, pero en esas circunstancias ese sentimiento se acaba luego, porque es egoísta. Su cara...nunca lo vi más tranquilo. Luego de tanta máquina, sondas y tubos, él quería ser libre. Y ahora lo es.
De pronto comenzó a llover. Si uno se imagina el cuadro llega a ser bastante triste, pero no. Era no más.
Él quería estar con sus papás...es por eso que viajamos diez horas hasta que llegamos a Victoria. Yo viviría allí. La gente vive más y con los cachetes mas rosados.
Mis primos, mis tios...todos. Los mejores.
Mientras caminaba tras su féretro me invadía el sonido de las ramas de los pinos, de los eucaliptus y las araucarias repartidas por el lugar. De lejos veía el volcán nevado, y en unos cerros...unas ovejas junto a un perrito que corría tras ellas.
De pronto me sentí tan feliz por él. Porque pudo disfrutar de todo lo bello, de todo lo mágico de ese lugar. Pudo disfrutar de una familia que lo quizo a mas no poder.
Disfrutó de la fruta fresca, la lluvia sin azufre, sin nitratos...
Aunque la vida podría haber sido mejor...las cosas más importantes y más simples creo que lo hicieron feliz.
Te voy a echar de menos.
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